lunes, abril 26, 2010

Diana y los cubanos.

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Diana se había hecho bailarina contemporánea en Hermosillo, en años previos a la caída del muro de Berlín. Formada por artistas de generaciones anteriores, devotos militantes a favor de Fidel Castro, el Che Guevara, el Sub-comandante Marcos o cualquier ícono similar de redención latinoamericana y antimperialismo, creció rodeada de gente incondicional a la pequeña isla bloqueada y hostigada por el imperio. Con el impulso de Beatriz, su maestra de danza, se aventuró hasta La Habana - como parte de la compañía Truzka, para asistir a un Congreso Internacional de Enseñanza Artística en pleno apogeo de la crisis cubana - a comienzos de los noventa. Allí la conocí, a ella y al resto de los entusiastas bailarines sonorenses, y mi encuentro con ellos no fue por otra cosa sino por la triste coyuntura del hambre. Sí, del hambre. Participé en aquel congreso, en el Palacio de las Convenciones, porque con sólo cincuenta pesos moneda nacional y un taller que impartiría, tendría garantizado el almuerzo durante toda una semana.

Diana llegó un poco tarde al epicentro de las leyendas libertarias. Conoció una Habana destruida, miserable, desequilibrada, una ciudad con habitantes que habían cambiado la esperanza por la evasión, una capital cubana con gobernantes que ya no exhortaban al sacrificio en pos de la felicidad, sino que intentaban convencernos de que la felicidad se hallaba en el sacrificio.

Su amor por Cuba, alimentado desde años atrás por los románticos seguidores de la gesta guerrillera, creció mucho más, aunque siguiendo su propio cauce. Comprendió que sus predecesores adoraban más al símbolo del barbudo discurseando en la ONU que a la masa empobrecida que ya no tenía más remedio sino aguantar a los intransigentes líderes. Comprendió que en La Habana había muchas cosas de las que no se podía conversar en alta voz, que su condición de extranjera la colocaba en un lugar privilegiado por sobre la nativa grey discriminada, y que aquellos simbólicos revolucionarios que cambiaron al mundo se habían vuelto unos rechonchos dictadores burgueses negados a predicar con el ejemplo.

Diana regresó a Cuba muchas otras veces. Pero no se hospedó más en el Hotel Presidente. Diana se quedó en casa de un buen amigo, crítico de danza, en Lawton, a veces también en la ruinosa sede de mi grupo de teatro, en Marianao. Conoció de cerca las perpetuas carencias materiales del cubano de abajo, montó en la parrilla de mi bicicleta china cuando no había en qué moverse y supo lo que era comer arroz malo, pasta de oca, pizzas sin apenas queso y croquetas de sabe dios qué. Supo lo que pensaban artistas, mecánicos, santeros, gastronómicos, profesores del ISA, amas de casa y hasta instructores de artes marciales del Barrio Chino de Centro Habana. Nadie le tradujo las opiniones populares al idioma oficial, nadie la llevó a recorrer el Polo Científico ni le presentó un espectáculo de La Colmenita con niños discapacitados en el marco de una fecha patriótica.

Su amor por Cuba ha perdurado con el paso de los años. Su amor por la verdadera Cuba - no por aquellos que pretenden representarla ante la ingenua mirada de una izquierda iberoamericana que se resiste al desencanto con uñas, dientes y consignas - hizo que años después, cuando con esfuerzo y capacidad llegó a ocupar un alto cargo en las instituciones culturales del estado de Sonora, ayudase a muchos artistas cubanos a respirar de este lado de la aduana. Muchos optaron por permanecer en México, legalizándose y listos para aportar talento a la sociedad que los acogió, otros, también gracias a ella, recibieron contratos razonables para presentarse en eventos importantes, acordes con su calidad, y regresar a la isla sin ser explotados como virtuales esclavos.

Así, sin alharaca, ayudar a muchos compatriotas a sobrevivir ha sido para esta sonorense una cuestión de honor. Y en tanto la historia de seguro pasará la cuenta a los izquierdosos empedernidos que ocupan la acera opuesta a la nuestra, vociferando a favor de dictadores y autócratas, personas como Diana Reyes serán bien reconocidas en el futuro por una nación cubana libre de vagas utopías y estúpidas trincheras ideológicas.

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