jueves, mayo 27, 2010

Sobre ministros y ruido de motores.

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Supongo que el promedio de vida activa de un ministro en Cuba debe andar por los cinco o seis meses. Algunos que llevan varios años hacen subir un poco la estadística, pero cuando se trata de conducir carteras tan sensibles como las relaciones exteriores, la economía, la aviación civil o la industria azucarera, parece como si aquello no tuviese fijador y los sillones ministeriales se vuelven un oficio resbaladizo con desenlaces vergonzosos que no compensan los beneficios iniciales.


Ahora acaba de tocarle el turno a Jorge Luis Sierra, quien ya pasó a engrosar la lista de los cesanteados de cuello blanco, sacudido hace sólo unas horas de la dirección del ministerio de transporte por pasarse de listo y permitir la importación de automóviles al país. El pobre, pensó que nada pasaría si autorizaba a aquellos que ya tuviesen un carrito viejo a comprar otro en el extranjero, entregando el anterior al estado. Quizás calculó que en unos años, luego de que los nuevos ricos consiguieran sus carrotes del año, les tocaría a los menos acaudalados, y así quién sabe si después de diez o quince años La Habana dejaría de lucir como un gigantesco museo del automóvil.


Sierra no calculó a los que bajaron de la ídem en el año 59. Parece que no recordaba que a sus superiores les encanta pasear en sus Mercedes y mirar la calle colmada con palanganas rodantes conocidas como autos clásicos, Ladas y Moskvichs de cuando la Gran Guerra Patria y sobre todo, caminantes sudorosos esperando en las soleadas paradas por un ómnibus que nunca llega. No anticipó que, luego de que los hijitos de papá y algunos artistas – de esos que viajan, cobran fuerte y hablan maravillas de su amado socialismo – resolvieran sus cohetes de última moda, los demás se quedarían con la esperanza de conseguir un perol propio y decirle un día a la vecina: “vamos al túnel mi vida, vamos al túnel mi amor”. El palmo de narices corrió a cuenta de la derogación definitiva del fugaz permiso de importación para vehículos, y poco después, la enfermiza prohibición de introducir piezas y componentes como motores o carrocerías.


Una de las cosas que me impactaron la primera vez que estuve en el extranjero, fue el sonido de la ciudad moderna. Comprobé más tarde que las urbes civilizadas tienen un sonido como de zumbido permanente en sus calles, un zumbido prolongado que producen al unísono muchos motores de fabricación reciente. La Habana suena distinto, suena como una fábrica del siglo XIX, con todo y el humo prieto por donde quiera. Los viejos motores llenos de remiendos, pasando con dificultad por sobre avenidas mal asfaltadas, producen una sinfonía de traqueteo irregular que cada vez se acerca más a los orígenes de la rueda.


Aún cuando sabemos que las actuales vías en la capital no soportarían una carga vehicular equivalente a su población, que el ciudadano medio cubano no sabría qué hacer con una agencia de autos en la esquina de la casa que le ofrezca promociones para la adquisición de un carro nuevo, o seminuevo, o de uso reciente, que en su mente no figura siquiera la posibilidad de que un bien material como ese sea de verdad suyo, “de su propiedad”, y no “otorgado” por esos a los que nada les falta, aún así es bonito soñar con el día en que La Habana suene como las demás capitales del mundo.


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