lunes, mayo 24, 2010

Lunes de remodelación.

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Este parece ser un lunes de gobierno buena onda. Se ha anunciado que los presos políticos enfermos (perdón, los “mercenarios al servicio del imperialismo” con la salud afectada por culpa de sus propias actividades contrarrevolucionarias), serán llevados a hospitales, y que comienza un proceso de traslado para los otros, los que todavía tienen salud, a cárceles que le queden un poco más cerca a sus parientes. Aunque técnicamente no se trata de “liberar” a los prisioneros, el gesto del gobierno parece ser lo más cercano a dar el brazo a torcer ante la creciente presión internacional.
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Para los incautos, Raúl Castro debió tener una semana de satisfacción romántica y por ello amaneció este lunes con el generoso subido. Los menos ingenuos saben que las válvulas de escape son herramientas muy socorridas por la dictadura cuando el agua empieza a llegarles al cuello. Ya lo vivimos en los noventa, cuando la crisis económica extrema fue aliviada con algunas medidas superficiales, sin que el problema fundamental se llegase siquiera a considerar. Ahora, en el plano político, está pasando lo mismo.


En primer lugar, el diálogo que llevó a tomar estas “generosas” medidas no fue directamente con los afectados. Nuestro gobierno sigue empecinado en que, como mismo los presos políticos no son presos políticos sino convictos criminales, también la oposición es algo así como una entelequia. Por ello usó la mediación de la iglesia católica – entidad a la que hostigó por años y que de buenas a primeras convirtió en su aliada – para ni mirarle la cara a aquellos que, en el mejor de los casos, considera vulgares traidores, y en el peor, no existen. El detalle está en dar una imagen de flexibilidad a la opinión internacional, y desviar así la atención del conflicto real.

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Aunque resulte gratificante que nuestros compatriotas prisioneros tengan mejoras en sus condiciones de vida, esto no es más que una maniobra calculada, una estrategia para aliviar la presión con una leve imagen de bondad sin hacer el menor esfuerzo para cambiar las reglas iniciales del juego, aquellas que inicialmente castigaron con largas condenas a personas inocentes.

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Esto es lo mismo que cuando se despenalizó el dólar, lo mismo que cuando se permitieron pequeños negocios por cuenta propia, lo mismo que cuando se legalizó la venta de celulares y dejaron entrar a los cubanos en los hoteles de su propio país. No hay transformación, sólo una remodeladita superficial con pinceladas que no podían esperar más.


Me gustaría pensar que este lunes comienza una etapa nueva de tolerancia política en nuestra patria, pero conociendo a los gobernantes – los cubanos conocemos a nuestro gobierno mejor que cualquier otro pueblo al suyo, dado que tenemos la ventaja de medio siglo conviviendo con él – no espero mucho más que estas pequeñas muestras de “generosidad”, pasadas por el filtro católico, diríase caritativo, y sin implicaciones reales en el plano social.

Me gustaría estar equivocado cuando pienso que todavía en el futuro habrá suficiente material para huelgas de hambre en la siempre fiel isla de Cuba.

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