lunes, diciembre 19, 2011

Cuba y Corea: las dinastías no disimuladas.

Ahora que murió Kim Jong-il, y muchos se preguntan si en Cuba, a la muerte de Fidel Castro, acaso se verán imágenes tan ridículas como las de aquellos plañideros tirándose de las greñas en Pyong-Yang, cabe plantear algunas diferencias básicas, que quizás acentúen las similitudes.

En primera instancia, los coreanos tienen un legado más allá de la ideología comunista: son un pueblo acostumbrado, desde la aparición legendaria del rey Tan-gun, en el 2333 a.C., a que los gobierne alguien con ínfulas de dios y a aceptar a la herencia de sangre como legítima fuente de poder. Quienes se asombran de estas imágenes recientes, quizás olvidaron otras, más patéticas aún, cuando la muerte de Kim Il-sung, en 1994.

No puede decirse que Cuba estuviese alguna vez ligada espiritualmente a la monarquía española, al menos desde el surgimiento de la conciencia nacional, por lo que nuestra dinastía actual ha llegado en su propio contexto, sin tradición de leyendas milenarias, aunque, eso sí, elaborando, edulcorando detalladamente sus propios mitos, sus fábulas y sus dioses vivientes.

Ambas son dinastías no disimuladas. La coreana pasa por encima de sus preceptos marxistas con el descarado nombramiento de cada uno de los Kim, cuando el anterior ya ha fallecido, recuperando la arraigada tradición oriental del pueblo guiado por un emperador bajado de los cielos. La cubana pretende asegurar la pureza del proceso con un nepotismo no muy místico pero sí muy práctico. Mientras Fidel Castro delegó en Raúl, todo bien. Raúl - cuando ya quedaron fuera del camino otros líderes más carismáticos que pudieron haberle hecho sombra - se perfiló como el segundo histórico para prolongar la dictadura, pero en los últimos años ha comenzado a destacarse también su hijo Alejandro Castro Espín, coronel del Ministerio del Interior y mal solapado candidato familiar a la sucesión, luego de que su papito lo convirtiese (sin más méritos que haber perdido un ojo en un accidente no bélico durante la contienda de Angola) en su asistente personal, para irlo entrenando en cuestiones de estado. Todo un Kim-Jong-un sin méritos, listo para asumir la sagrada dirección de la patria socialista.

No es sencillo especular hasta qué punto ambos pueblos pueden experimentar cierta sensación de estabilidad mientras se mantiene el mismo apellido por décadas, o hasta qué punto la imposición del poder mismo no deja más opciones que seguir a los emperadores y representar sainetes como ese de la muerte de Kim Yong-il o las movilizaciones políticas de los cubanos para campañas ideológicas, que tampoco excluyen alguna que otra ceremonia de santería oficialista para rogar por la salud eterna del máximo líder.

Un hecho es claro como el agua: tanto en Asia como en el Caribe los extremos se tocan, y un sistema totalitario comunista, en sí mismo fuera de contexto histórico – que trata de conseguir a toda costa el igualitarismo en una época de universal pobreza - con el paso de los años empieza a mutar hacia el feudalismo y la monarquía. Sin recursos para resolver las necesidades básicas, para cumplir las promesas, se refugian en el culto a la personalidad y en la fe ciega en sus sagradas escrituras. Sus líderes se vuelven monarcas acaudalados y sus pueblos, la gleva.

¿Habrá llantos plañideros en La Habana a la muerte de Fidel Castro?... Con toda seguridad que sí. También habrá muchas más escenas, homenajes, conciertos luctuosos, documentales y todo cuanto pueda apoyar al mito del dios encarnado, ese que, mientras puedan, tratarán de perpetuar a través de la herencia genética.




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