miércoles, abril 15, 2009

Memorias del Subdesarrollo I. Festivaleando.

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En mi época de estudiante todavía teníamos la suerte de recibir gafetes para el festival de Cine. En el ISA nos repartían a cada uno la credencial de invitado con la que nos paseábamos orgullosos por La Rampa, entrábamos y salíamos de los cines como en una competencia a ver quién veía más películas, divididos en pequeños grupos según las amistades más afines.
Con el periodiquito de la cartelera en la mano, tachábamos lo visto, y marcábamos lo que faltaba por ver. A menudo se nos juntaban dos buenas a la misma hora (una sensación que sólo volví a experimentar cuando tuve más de cien canales en mi TV), pero qué remedio, había que elaborar de nuevo la estrategia y salir corriendo del Yara para el Lido, a ver si llegábamos a tiempo para la última tanda en Marianao.

Nos encontrábamos para conferenciar en el Coppelia, en La Pelota o en la parada frente al Capitolio, y nos dábamos las coordenadas de lo que valía la pena ver, o el aviso de lo que, de ninguna manera, podía entrar a verse.

- ¿Qué tal la de Subiela?
- Buenísima, mejor que la del año pasado.
- No le hagas caso a este. Está más esnobista que la del año pasado.
- Mentira, está volaísima.
- Bueno, bueno, pero no se vayan a meter a ver la peruana de las once y media en el Chaplin, que está en quechua, tremendo clavo.
- Tú eres un colonizado. Que esté en quechua no quiere decir que esté mala.
- Pero ¿está buena o no está buena?
- Mira chico, está... ¡en quechua!...

El festival de cine era una fiesta, un carnaval. Teníamos vacaciones en la facultad y todo el día para verlo todo. Llegábamos a los cines a las diez de la mañana y nos íbamos a casa, o al albergue del instituto, pasada la medianoche. Era como una sobredosis de cine latinoamericano que sólo se compensaba con las muestras de cine de otras partes, Alemania, Suecia, España... cualquier muestra venía bien en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano aunque no fuera ni joven ni latinoamericana.
Hacía más frío en La Habana por aquellos diciembres. Lo sé porque en los últimos festivales a los que asistí ya no había nadie con abrigos, boinas o bufandas de esas muy chic que esperaban pacientemente en alguna gaveta durante once meses hasta que por fin, en el Festival de Cine, el bohemio estudiante de arte tenía el chance de lucir una imagen algo más europea. Nos poníamos abrigos en el festival de cine, y lucíamos encantadores.
Los años ochenta eran más generosos con la economía del estudiante. Años más tarde dejaron de regalar credenciales a los alumnos, y se quedaba fuera quien no fuese estrictamente participante, jurado o invitado especial del evento, pariente, amigo o amante de los que elaboraban el pase permanente.
Creció entonces el arte de la falsificación. Al principio era simple, un cartoncito que cualquier estudiante de plástica podía replicar, con el simple logo del coralito con rayas horizontales, una foto de carné y cualquier plástico sobrante de cualquier solapín de asamblea de balance. En la época en que comenzaban a aparecer las computadoras, llegamos hasta el Instituto Superior de Diseño Industrial para imprimir, con ayuda de un buen amigo, el nombre y el carnet de identidad de tres o cuatro desgafeteados, con la misma fuente, la letrica exacta, que tenían las computadoras MS-DOS del ICAIC.
Luego se puso la cosa más difícil, porque para no tener que dar pases gratis, fáciles de falsificar, empezaron a gastar mucho más presupuesto en unas credenciales muy sofisticadas, con transparencias y relieves como los billetes. No nos dejaban más camino que colarnos un montón de gente con la misma credencial original. ¿Cómo lo hacíamos?... Sencillo: Entran dos con credenciales originales, casi siempre prestadas por terceros. Uno de ellos regresa al portal del cine con las dos credenciales, la da a alguien más, y pasan ambos. Ya hay tres adentro sólo con dos credenciales. Pero la jugada se repite, sale el último con los dos mismos gafetes, y otro más se lo cuelga al cuello para pasar adentro. Y así hasta completar, a veces, quince o veinte colados.
La suerte era que no siempre las credenciales llevaban foto, con lo cual apenas bastaba entrar con "actitud de participante", y en el tumulto del público pocas veces algún vigilante se tomaba el trabajo de confrontar el nombre, o darse cuenta de que diez personas de diferente sexo, rostro y raza habían entrado con el gafete de mi amiga austríaca Erika Müller.
Eran hermosos años aquellos de no tanta hambre de comida y sí mucha hambre de cultura.
Pasó el dosmil con su carga de atentados árabes, guerra y crisis económicas, y el Festival de Cine de La Habana perdió su toque de bohemia.
Los estudiantes del ISA perdían la competencia con los de la Universidad, que siempre estuvieron más cerca del circuito de cines, y ya no entraban a las diez de la mañana para salir a las doce de la noche. Una película o dos, si acaso, que la cola está de madre y las dos invitaciones que conseguí no las voy a malgastar en cualquier cosa.
Quizás ya no acontecen fenómenos como cuando se estrenó Hombre mirando al sudeste, que el público se levantó a aplaudir y a gritar ¡bravo! en medio de la proyección, en la escena en que los locos del manicomio se sublevaban mientras Rantés dirigía la Oda a la Alegría con la Sinfónica de Buenos Aires.
No sé si en los últimos años habrá mejorado el alma del festival de cine. El último en el que estuve, si bien conservaba sus largas colas, ya no era un carnaval. Ya no era una fiesta.
Ya no podían colarse los estudiantes en la piscina del Hotel Nacional y conversar con Herval Rossano, Darío Grandinetti o Susú Pecoraro como si fuesen viejos conocidos, ya no era tan fácil ir de un cine a otro, ni aguantar la noche entera con un cucurucho de maní en el estómago.
Eso sí, la música tema del festival, esa que por tantos años ha sido el preámbulo de cada proyección, en cada sala cinematográfica de diciembre en La Habana, todavía es capaz de endulzar con su melancolía el corazón de quienes alguna vez vivimos la experiencia de ser intensos festivaleros invernales.

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