En una de las primeras entradas que subí a este blog, expuse la teoría de que Silvio Rodríguez había sido asesinado, como John Lennon, el día en que cantó El Necio para los dictadores en el Palacio de las Convenciones, y que en su lugar había quedado un impostor, un doble que, impedido ya de crear buenas canciones, se concentraría en imitar dificultosamente al Silvio original, ganar dinero a manos llenas y decir tonterías cada vez que le fuese posible hacerlo.
Estaba convencido de esa hipótesis, hasta que leí un impresionante post que esta entidad, (llamémosle, a falta de pruebas concretas, Silvio Rodríguez), en su blog Segunda Cita, y quedé convencido de que, no sólo quien escribe es alguien que usurpó la identidad del genio, sino que ni siquiera es de origen humano. Es un replicante, señores, como los de Blade Runner, un robot que fue construido muy parecido físicamente a Silvio, capaz de envejecer como el de la película de Robin Williams, pero más limitado en su libre razonamiento. Al replicante Silvio le pusieron, quizás en la UCI o en el CENIC, un programa para reproducir ideas entresacadas de las Reflexiones del Comandante en Jefe, y para despistar, también algo, lo menos subversivo, de las teorías revisionistas de Pedro Campos.
Cuando, para empezar, escribe que “…el gobierno revolucionario ha sido el mejor gobierno de nuestra Historia…” ya uno comienza a sospechar que algún componente del robot hizo corto circuito. Reconoce que “antes de la Revolución La Habana estaba mucho más pintada, los baches eran raros y uno caminaba calles y calles de tiendas llenas e iluminadas…” pero de inmediato unos cuantos microchips se le calcinan, cuando afirma: “Pero ¿quiénes compraban en aquellas tiendas? ¿Quiénes podían caminar con verdadera libertad por aquellas calles? Por supuesto, los que "tenían con qué" en sus bolsillos. Los demás, a ver vidrieras y a soñar…”
Sólo un androide pasaría por alto el hecho de que, si alguna parte de la vieja sociedad republicana regresó a la vida cubana actual fue, precisamente, la de no tener “con qué” en los bolsillos para entrar a esas tiendas privativas en las que una brutal mayoría sigue pegada a las vidrieras y soñando, no ya con un ventilador, como en la obra Aire Frío, de Piñera, sino hasta con un simple jabón de olor o un paquete de íntimas. Sólo un robot programado y con la cartera desbordante de dinero, con mansión nueva, estudio de grabación en la planta alta, vacaciones en el extranjero y carro lujoso, pensaría que las tiendas de Cuba ya no son privilegio de unos pocos.
El razonamiento del electrobardo se pasea por varias escenas de la república, y se precipita cándidamente en el mismo tópico oligofrénico de que Cuba, de haber seguido siendo capitalista, no habría evolucionado nada, absolutamente nada, en el último medio siglo. Pero este fragmento es de antología: “Muchos de los que hoy atacan la Revolución, fueron educados por ella. Profesionales emigrados, que comparan forzadamente las condiciones ideales de “la culta Europa”, con la hostigada Cuba. Otros, más viejos, quizá alguna vez llegaron a "ser algo" gracias a la Revolución y hoy se pavonean como ideólogos pro capitalistas, estudiosos de Leyes e Historia, disfrazados de humildes obreros…”
Y es que una de las razones más recurrentes para el chantaje emocional a los artistas, intelectuales y profesionales en general que disienten, se basa en este argumento de que “la revolución los formó”. No es un argumento de trovadores, o de poetas, sino de ideólogos estalinistas disfrazados de humildes obreros. El Silvio original, formado por cuenta propia a golpe de guitarra autodidacta, marginado en su juventud por la rebeldía de sus textos y expulsado de la televisión por un alto funcionario que lo acusó de diversionismo ideológico, no llamaría a estas barbaridades “errores y voluntarismos”, con la misma tranquilidad con que Fidel Castro acaba de desmentir lo que dijo en la entrevista con Jeffrey Goldberg, es decir, como si todos fuésemos retrasados mentales.
La necesidad de proyectarse hacia la opinión pública internacional, hacia las corrientes izquierdosas del mundo que idolatran al ícono fidelista más que a la realidad del cubano medio, me ha llevado a replantear la teoría del falso Silvio. Ahora creo que Fidel Castro mandó a matar al verdadero Silvio para experimentar con un replicante que llevaría parte de sus mensajes en cada gira por el mundo. Este autómata puede zafarse hasta tal punto de la realidad que, en su blog, es capaz de publicar, con un solo día de por medio, la letra de Resumen de Noticias y de El Necio, y no darse cuenta de que en la primera, el Silvio verdadero se mofaba de “los perseguidores de cualquier nacimiento”, que son los mismos individuos a los que el Silvio falso, ya habilitada su programación, dedicó el segundo tema en el Palacio de las Convenciones.
También prometió una canción (supongo que a la altura de lo que penosamente ha sido su disco más reciente, Segunda Cita) en la que va a comparar a la revolución con Prometeo, una revolución que “iluminó a los olvidados” para luego ser atada a la roca donde un águila equidna (el imperialismo) le devora las entrañas a manera de castigo. Puede que describa a Prometeo vestido de verde olivo, con barba y que refiera como al final siempre llega un Heracles (Kruschev, Chávez…), para sacarle de apuros. No cantará a Sísifo (el pueblo cubano) ni a la piedra gigante que este debe acarrear por toda la eternidad. Sólo cantará a la figura redentora del dios griego bajando de la Sierra Maestra con una antorcha en una mano, y en la otra, el fusil con mirilla telescópica que nunca usó más que para posar en fotos.
Para eso fue reprogramado el replicante por el propio líder, quien seguirá hablando a través de él hasta que se le acaben las baterías.
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